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¿Cuánto duerme el monje que vendió su Ferrari?

Monjes en Tailandia

El monje que vendió su Ferrari es un libro de desarrollo personal que toca muchísimas temas, técnicas y herramientas de cambio de hábitos y superación personal. Se le rápido y entretenido, con el riesgo de pasar al siguiente libro sin aplicar ni un solo cambio. O al revés: de intentar cambiarlo todo a la vez y fracasar por sobrecarga de intenciones. Al cerrar el libro, me quedé pensando en un detalle: los monjes del Himalaya en esta historia se conforman con pocas horas de sueño.

Un desacuerdo entre deseo y vida real

No es ningún secreto de que las primeras horas del día pueden ser bastante provechosas, si consigues levantarte. Eso ya lo había comprobado en mi reto de Marzo. Aún así en las últimas semanas el vicio de quedarme en la cama debatiendo conmigo mismo había vuelto, paulatinamente. Estaba despierta, sin duda, y ahí me quedaba, intentando dormir un poco más para cumplir estas 8 horas, para despertar con mi pareja, para optimizar mis horas de sueño. No ayuda nada que la vida real muchas veces implica que me vaya a la cama después de la media noche con que mi plan de levantarme a las siete está en desacuerdo directo con mi plan de dormir 8 horas. Leyendo sobre estos estos monjes que se levantan temprano para aprovechar el día, independiente de lo que hayan hecho el día anterior, empecé a investigar.

Investigar fuera para volver a dentro

La sabiduría popular habla mucho de las ocho horas de sueño y si estás de mal humor o no tienes energía es porque no dormiste lo suficiente (mi sentido común recomendaría que revisaras también tu alimentación y tu rutina de deporte… pero esto es otro tema). Del otro lado he vivido durante años con 5-6 horas de sueño sin que me perturbara en lo más mínimo. Existen publicaciones que abogan por estas ocho horas tradicionales (aunque, sinceramente, no conozco a nadie que lo cumpla a rajatabla), y después hay todo un movimiento de optimización del sueño para vivir más y dormir menos, o más inteligente (y tampoco conozco a nadie que lo cumpla de rajatabla).

Aquí se trata de mi sueño, o para ser más especifico: se trata de mi despertar. Era hora de investigarme a mi misma: ¿Qué evidencias tengo a nivel de “necesidad” de sueño y qué dice mi cerebro tan creativo a la hora de buscar razones? ¿Por qué me levanto, y por qué no?

¿Con qué sueñas cuando te despiertas?

Si tengo una reunión a las 8 de la mañana, no tengo dificultades en levantarme a las 6:30 para llegar a tiempo. Si mis primeras actividades del día no tienen horario, depende de si estoy sola o acompañada. Si no hay nadie, me levanto a la misma hora tal cual. Eso cambia cuándo está mi pareja. Y aquí entra el auto-análisis (y la comunicación).

En mi imaginario romántico nos veo despertando juntos, acurrucados, planificando el día juntos. Implícitamente esta idea difusa significaría despertarnos simultáneamente, de preferencia antes de las siete (para que nos diera tiempo). Al mismo tiempo ya me va bien que soy la primera en levantarme y tener espacio y tiempo para mi primer té del día. Así que cada mañana, al despertarme en mi cabeza desencadena una batalla feroz entre el romanticismo (que bonito es despertar al lado de tu pareja y mirarle dormir tan tranquilo) y el pragmatismo (oye, qué está durmiendo, qué más le da si estás dando vueltas aquí o en la sala).

El otro día se lo comenté y descubrí algo muy interesante: ya le va bien que me vaya por las mañanas dejando todo el ancho de la cama libre para que se extienda como bien le plazca. ¡Incluso duerme mejor cuando no estoy ahí! “¡Toma ya!”, le dice mi pragmatismo a mi vena romántica.

Resultados prácticos

Esta conversa de dos minutos con mi pareja tuvo un impacto importante sobre mis mañanas. Ahora me levanto sin remordimientos y se acabaron las batallas internas. Resulta que el problema nunca fueron las horas de sueño, sino los pensamientos de la mañana. La vena romántica ya la tranquilizaremos de otra forma.

Sigo sin saber cuántas horas duerme el monje que vendió su Ferrari. Seguro que son demasiadas, o muy pocas, según quién preguntes. Lo que importa son las cosas que haces cuando no duermes.

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